Una política de salud pública inusual en Gales puede haber producido la evidencia más sólida hasta la fecha de que una vacuna reduciría el riesgo de demencia. En un nuevo estudio dirigido por Stanford Medicine (EE UU), los investigadores que analizaron los registros de salud de adultos mayores galeses descubrieron que aquellos que recibieron la vacuna contra el herpes zóster tenían un 20 % menos de probabilidades de desarrollar demencia en los siguientes siete años en comparación con aquellos que no recibieron la vacuna.
Los resultados apoyan una teoría emergente de que los virus que afectan el sistema nervioso pueden aumentar el riesgo de demencia. Si se confirman, los nuevos hallazgos sugieren que una intervención preventiva para la demencia ya está disponible, señala Stanford en un comunicado.
Si se confirman, los hallazgos sugieren que una intervención preventiva para la demencia ya está disponible, dice Stanford en un comunicado
Infección de por vida
El herpes zóster es una enfermedad producida por una reactivación del virus latente varicela-zóster, que afecta a los nervios periféricos —neuropatía gangliorradicular— y a la piel, donde puede producir pequeñas ampollas dolorosas en forma de anillo agrupadas a lo largo de un dermatoma. Se conoce popularmente como culebrilla. Después de que las personas contraen la varicela, generalmente en la infancia, el virus permanece latente en las células nerviosas de por vida. En personas mayores o con sistemas inmunitarios debilitados, el virus latente puede reactivarse y causar herpes zóster.
La demencia afecta a más de 55 millones de personas en todo el mundo, con aproximadamente 10 millones de nuevos casos cada año. Décadas de investigación se han centrado en gran medida en la acumulación de placas y ovillos en los cerebros de personas con alzhéimer, la forma más común de demencia. Pero sin avances en la prevención o el tratamiento, algunos científicos están explorando otras vías, incluido el papel de ciertas infecciones virales.
Estudios previos basados en registros de salud han vinculado la vacuna contra el herpes zóster con tasas más bajas de demencia, pero no pudieron tener en cuenta una fuente importante de sesgo: las personas que se vacunan también tienden a ser más conscientes de su salud de muchas maneras difíciles de medir. Comportamientos como la dieta y el ejercicio, por ejemplo, se sabe que influyen en las tasas de demencia, pero no se incluyen en los registros de salud.
Sin avances en la prevención o el tratamiento de la demencia, se están explorando otras vías, incluido el papel de ciertas infecciones virales
“Todos estos estudios asociativos sufren del problema básico de que las personas que se vacunan tienen comportamientos de salud diferentes a los que no lo hacen”, dijo Pascal Geldsetzer, profesor asistente de medicina y autor principal del nuevo estudio. “En general, no se consideran pruebas suficientemente sólidas para hacer recomendaciones”.
Un experimento natural
Pero hace dos años, Geldsetzer reconoció un experimento natural afortunado en la implementación de la vacuna contra el herpes zóster en Gales que parecía evitar el sesgo. La vacuna utilizada en ese momento contenía una forma atenuada, o debilitada, del virus.
El programa de vacunación, que comenzó el 1 de septiembre de 2013, especificaba que cualquier persona que tuviera 79 años en esa fecha era elegible para la vacuna durante un año. (Las personas que tenían 78 años se volverían elegibles el año siguiente durante un año, y así sucesivamente). Las personas que tenían 80 años o más el 1 de septiembre de 2013 no tenían suerte: nunca serían elegibles para la vacuna.
Estas reglas, diseñadas para racionar el suministro limitado de la vacuna, también significaban que la pequeña diferencia de edad entre los de 79 y 80 años marcaba toda la diferencia en quién tenía acceso a la vacuna. Al comparar a las personas que cumplieron 80 años justo antes del 1 de septiembre de 2013 con las personas que cumplieron 80 años justo después, los investigadores pudieron aislar el efecto de ser elegible para la vacuna.
Las circunstancias, bien documentadas en los registros de salud del país, eran lo más parecido a un ensayo controlado aleatorio que se podía obtener sin realizar uno, dice Geldsetzer.
Los investigadores examinaron los registros de salud de más de 280 000 adultos mayores que tenían entre 71 y 88 años y no tenían demencia al inicio del programa de vacunación. Se centraron en su análisis en aquellos más cercanos a cualquiera de los lados del umbral de elegibilidad, comparando a las personas que cumplieron 80 años en la semana anterior con las que cumplieron 80 años en la semana posterior.
“Sabemos que, si tomas a mil personas al azar nacidas en una semana y a mil personas al azar nacidas una semana después, no debería haber nada diferente entre ellas en promedio”, indica Geldsetzer. “Son similares entre sí aparte de esta pequeña diferencia de edad”.
Examinaron los registros de salud de más de 280,000 adultos que tenían entre 71 y 88 años y no tenían demencia al inicio del programa de vacunación
La misma proporción de ambos grupos probablemente habría querido recibir la vacuna, pero solo la mitad, los casi 80, pudieron hacerlo debido a las reglas de elegibilidad.
“Lo que hace que el estudio sea tan poderoso es que es esencialmente como un ensayo aleatorio con un grupo de control, aquellos un poco demasiado mayores para ser elegibles para la vacuna, y un grupo de intervención, aquellos lo suficientemente jóvenes para ser elegibles”, explica.
Protección contra la demencia
Durante los siguientes siete años, los investigadores compararon los resultados de salud de las personas más cercanas en edad que eran elegibles e inelegibles para recibir la vacuna. Al tener en cuenta las tasas reales de vacunación, aproximadamente la mitad de la población elegible recibió la vacuna, en comparación con casi ninguna de las personas inelegibles, pudieron derivar los efectos de recibir la vacuna.
Una persona con erupciones en la piel provocadas por el virus herpes zóster. / Adobe Stock
Como se esperaba, la vacuna redujo la ocurrencia de herpes zóster en aproximadamente un 37 % durante ese período de siete años para las personas que recibieron la vacuna, similar a lo que se había encontrado en ensayos clínicos de la vacuna. (La efectividad de la vacuna atenuada disminuye con el tiempo).
Para 2020, uno de cada ocho adultos mayores, que para entonces tenían 86 y 87 años, había sido diagnosticado con demencia. Pero aquellos que recibieron la vacuna contra el herpes zóster tenían un 20 % menos de probabilidades de desarrollar demencia que los no vacunados.
Aquellos que recibieron la vacuna contra el herpes zóster tenían un 20 % menos de probabilidades de desarrollar demencia que los no vacunados
“Fue un hallazgo realmente sorprendente”, destaca Geldsetzer. "Esta enorme señal protectora estaba allí, de cualquier manera que se mirara los datos."
Los científicos buscaron por todas partes otras variables que pudieran haber influido en el riesgo de demencia, pero encontraron que los dos grupos eran indistinguibles en todas las características. No había diferencia en el nivel de educación entre las personas elegibles e inelegibles, por ejemplo.
Los elegibles no eran más propensos a recibir otras vacunas o tratamientos preventivos, ni eran menos propensos a ser diagnosticados con otras condiciones de salud comunes, como diabetes, enfermedades cardíacas y cáncer. La única diferencia fue la disminución en los diagnósticos de demencia.
“Debido a la forma única en que se implementó la vacuna, el sesgo en el análisis es mucho menos probable de lo que suele ser el caso”, según Geldsetzer.
No obstante, su equipo analizó los datos de maneras alternativas, utilizando diferentes rangos de edad o considerando solo las muertes atribuidas a la demencia, por ejemplo, pero el vínculo entre la vacunación y las tasas más bajas de demencia permaneció.
“La señal en nuestros datos era tan fuerte, tan clara y tan persistente”, señala.
Las mujeres tienen respuestas de anticuerpos más altas a la vacunación y el herpes zóster es más común en ellas
En un hallazgo adicional, el estudio mostró que la protección contra la demencia era mucho más pronunciada en mujeres que en hombres. Esto podría deberse a diferencias sexuales en la respuesta inmunitaria o en la forma en que se desarrolla la demencia, dice Geldsetzer. Las mujeres, en promedio, tienen respuestas de anticuerpos más altas a la vacunación, por ejemplo, y el herpes zóster es más común en mujeres que en hombres.
Si la vacuna protege contra la demencia al estimular el sistema inmunitario en general, al reducir específicamente las reactivaciones del virus o por algún otro mecanismo, aún se desconoce.
Nueva versión de la vacuna
También se desconoce si una versión más nueva de la vacuna, que contiene solo ciertas proteínas del virus y es más efectiva para prevenir el herpes zóster, puede tener un impacto similar o incluso mayor en la demencia.
El equipo ha replicado los hallazgos de Gales en registros de salud en Inglaterra, Australia, Nueva Zelanda y Canadá
Geldsetzer espera que los nuevos hallazgos inspiren más financiación para esta línea de investigación. “Invertir al menos una parte de nuestros recursos en investigar estas vías podría llevar a avances en términos de tratamiento y prevención”.
En los últimos dos años, su equipo ha replicado los hallazgos de Gales en registros de salud de otros países, incluidos Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y Canadá, que tuvieron implementaciones similares de la vacuna.
Beneficios en salud pública
En un artículo de opinión adicional en Nature (1), Anupam Jena, de la Universidad de Harvard, destaca la importancia de estos hallazgos. “Aunque todavía no comprendemos con precisión cómo la vacunación contra el herpes zóster reduce el riesgo de demencia, las implicaciones del estudio son profundas”, afirma Jena. “La vacuna podría representar una intervención rentable con beneficios en salud pública que van más allá de su propósito original”.
Los autores enfatizan que es necesario realizar ensayos clínicos aleatorizados para confirmar el efecto de la vacunación en la demencia y evaluar su impacto en la función cognitiva.
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